España se queda sola cultivando transgénicos

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España sigue siendo el único país de Europa en el que se cultivan cantidades significativas de vegetales transgénicos (Organismos Genéticamente Modificados, OGM). En concreto, en 2016 se cultivaron en España 129.081 hectáreas con la única variedad biotecnológica que actualmente está autorizada de acuerdo con la normativa de la Unión Europea, el maíz transgénico MON-810 (o maíz Bt), creado por la multinacional Monsanto.

La cifra de cultivos transgénicos de 2016 representa un aumento del 19,8% respecto a la extensión del maíz transgénico en España en 2015, según el balance anual mundial elaborado por el Servicio Internacional de Adquisición de Aplicaciones de Agrobiotecnología (ISAAA, por sus siglas en inglés), una entidad que apoya sin ningún reparo el uso de cultivos biotecnológicos.

Tras España, los únicos países europeos con transgénicos son Portugal (7.069 hectáreas en 2016), Eslovaquia (138 hectáreas) y la República Checa (75). Rumanía, Polonia y Alemania, que en años anteriores tenían pequeños cultivos transgénicos, no registraron ninguna extensión con esta variedad en 2016, según se indica en el informe del ISAAA. Así pues, durante el año pasado prácticamente el 95% de los transgénicos de Europa tenían su origen en campos de nuestro país.

Luis Ferreirim, responsable de agricultura de Greenpeace en España, considera que el informe del ISAAA viene una vez más a confirmar el “fracaso de los cultivos transgénicos después de más de 20 años de comercialización”. “Pese a que los datos muestren un incremento de la superficie respecto al año anterior, muestran también que el cultivo de transgénicos en el mundo sigue siendo muy minoritario, no llegando ni siquiera al 10% de la superficie agraria mundial; y se concentran en una veintena de países”, explica Ferreirim.

Los datos sobre cultivos transgénicos por comunidades autónomas muestran igualmente una gran concentración territorial. Del total de 129.081 hectáreas con transgénicos en España, 46.546 corresponden a Aragón, 41.567 son de campos de cultivo de Catalunya y 15.039 hectáreas de Extremadura; seguidos de Andalucía, Navarra y Castilla-La Mancha.

Luis Ferreirim destaca en este sentido que “sería importante y fundamental iniciar una profunda reflexión del uso de transgénicos en España tal como recomendaron los servicios técnicos del propio Gobierno de Aragón, puesto que los rendimientos no son mejores que los de las semillas convencionales y que las pérdidas por taladro -la plaga que evita el maíz transgénico que se cultiva en España- no son relevantes en los últimos años”.

Los sectores ecologistas que se oponen a los transgénicos consideran que la utilización de variedades manipuladas genéticamente -como el maíz Bt- responde principalmente a los intereses de las empresas agroquímicas -en este caso Monsanto- y a los agricultores que intentan sacar mayores beneficios a sus cultivos sin hacer un balance global de sus posibles impactos ambientales o sociales.

Problemas legales y oposición ecologista

Las exigencias legales impuestas a los transgénicos por la Unión Europea responden a la oposición de diversos sectores sociales y grupos ecologistas -preocupados por los posibles efectos de este tipo de variedades sobre el medio ambiente y la salud- y el planteamiento de algunos técnicos y políticos que dudan que el cultivo de OGM sea la solución a los problemas agrícolas a los que se enfrenta Europa.

Mientras que en Europa el cultivo de transgénicos sigue siendo prácticamente inexistente (sin que esta realidad provoque la ruina de agricultura europea), los políticos y agricultores de otros países se han convertido en defensores de este tipo de productos de laboratorio. Países como Estados Unidos, Brasil, Argentina, Canadá o la India se han convertido de hecho en líderes mundial de la industria agroalimentaria de los transgénicos.

El informe de la ISAAA destaca que la superficie mundial cultivada con transgénicos alcanzó en 2016 la extensión total de 185,1 millones de hectáreas, algo superior a las 179,7 millones de hectáreas en 2015 y las 181,5 millones de hectáreas en 2014. “En 2016, un total de 26 países, entre los cuales se encontraban 19 países en desarrollo y 7 países industrializados, plantaron cultivos biotecnológicos [transgénicos]”, expone el resumen del informe.

La nota informativa difundida por la ISAAA para presentar su informe anual acumula una larga lista de elogios hacia los cultivos transgénicos; en algunos puntos utilizando expresiones claramente propagandísticas. “Los cultivos biotecnológicos se han convertido en un recurso agrícola indispensable para los agricultores de todo el mundo debido a la gran cantidad de beneficios que ofrecen por su mejor productividad y rentabilidad así como también, por el menor esfuerzo que requieren”, afirmó el presidente de la junta directiva del ISAAA, Paul S. Teng. “En los países en desarrollo, la plantación de cultivos biotecnológicos [transgénicos] ayudó a aliviar el hambre aumentando los ingresos de 18 millones de pequeños agricultores y de sus familias y logrando que disfrutaran de estabilidad financiera más de 65 millones de personas”, asegura la nota difundida por la ISAAA; en una de las afirmaciones que evidentemente no comparten los grupos ecologistas y otros sectores sociales críticos con la industria de los transgénicos.

Luis Ferreirim destaca que uno de los ejemplos del poco éxito de los transgénicos a escala global es que “siguen predominando los mismo cultivos que hace 20 años: los tolerantes a herbicidas y a insecticidas”. Además, el portavoz de Greenpeace recuerda que los principales cultivos transgénicos “no están destinados a la alimentación directa humana, sino a la alimentación de animales, que no pueden elegir lo que comen”.

Autor: Joaquim Elcacho, Periodista especializado en Medio Ambiente y Ciencia

 

Matavenero: El Pueblo Arco Iris

La tesis del eterno retorno encuentra en la localidad leonesa de Matavenero una expresión única. Mientras los habitantes de la zona abandonaron sus pueblos a lo largo del siglo XX para emigrar a países del desarrollado norte europeo, otros escapaban de ese desarrollo para volver a las raíces y al contacto con la naturaleza. Así Matavenero, un pueblo abandonado, volvió a la vida en los años 80, viendo nacer una nueva comunidad interracial o arcoíris donde ‘todos cabían’. Esta renovada vida se expresaba metafóricamente en la gran cantidad de nacimientos en el pueblo y en la gestión ecológica y ordenada de un pueblo que ha atraído visitantes y habitantes de todos tipos y nacionalidades: jubilados, urbanitas, hippies, bohemios y punks.

Oro verde, las semillas libres de la huerta de Europa

 http://www.eldiario.es/murcia/Oro-semillas-libres-huerta-Europa_0_681382629.html

La Almajara del Sur es un vivero murciano que trabaja con variedades tradicionales, que no están patentadas y no son híbridas; como su vivero, en España, hay pocos “se pueden contar los dedos de las manos”

Perder la posesión de las semillas, “que no deben tener un dueño físico, es grave para la consecución de nuestra soberanía alimentaria”, se lamentan los creadores del proyecto

Su radio de acción va desde Almería a Alicante, pasando por Murcia, Albacete o Jaén

Erena Calvo

Rafael, ingeniero agrónomo, y Javier, biólogo, pusieron en marcha su vivero hace cinco años E.C.

Rafael García, ingeniero agrónomo, y Javier Cerezuela, biólogo, trabajan desde hace casi una década para frenar la desaparición de las variedades tradicionales hortícolas de la Región de Murcia; un 80 por ciento de ellas está en peligro de extinción. Estamos hablando de más de un millar de hortalizas autóctonas. Oro verde.

Hace cinco años que crearon sus propios viveros, La Almajara del Sur, en la huerta murciana de Cehegín, en el noroeste de la Comunidad.

Rafael y Javier trabajan con semillas de variedades tradicionales, pero también con semillas libres, que quedan fuera del sistema de las patentes. Es su compromiso ético. Como su vivero, en España, hay pocos. “Se pueden contar con los dedos de las manos los que tienen producción únicamente ecológica y que opten por este tipo de semillas, la mayoría de los viveros ecológicos a su vez producen en convencional.

En 2008 fue cuando comenzaron a interesarse por la producción de plantas y semillas tradicionales en ecológico y se unieron a un grupo de investigación de la Universidad de Murcia (UMU).

“Caracterizábamos semillas antiguas en un banco de la UMU donde trabajábamos con el catedrático José María Egea, muy conocido por sus proyectos de recuperación de variedades, un proceso de exploraciones que se llevó a cabo sobre todo en pueblos pequeños de interior”, porque en las zonas muy industriales como el Campo de Cartagena o el Valle del Guadalentín, cuenta Rafael, la gente ya no guarda las semillas. Las prospecciones de Egea se dirigieron más a la zona Noroeste, en la Serranía del Segura.

Rafael y Javier lo que hicieron fue “dinamizar” esos estudios. “Montamos una asociación para intercambiar las semillas”, que está dentro de la Red Estatal de Semillas. Y crearon también el vivero para divulgar las variedades sobre el terreno e introducirlas en la cadena de comercialización “aunque fuera a nivel local, a pequeña escala, con los agricultores ecológicos”, como una estrategia para la conservación in situ de las variedades.

Las semillas con las que trabajan además, son semillas libres, fuera del sistema de las grandes multinacionales que manejan las patentes. “Nuestra decisión fue no utilizar semillas patentadas ni híbridas; la mayoría están certificadas porque se las compramos a algunas empresas rebeldes que se dedican a ese tipo de semillas”.

En sus almacenes guardan decenas y decenas de botes de semillas E.C.

En España solo hay una, “que nosotros conozcamos”, Les Refardes, de Cataluña. En Francia, donde hay mucho movimiento campesino, hay alguna más; y sobre todo compran a Austria, Alemania e Italia, “donde quedan empresas de semillas libres que no están metidas en el tema de los híbridos y las patentes”, explica Rafael mientras Javier se apresura en el vivero para preparar los próximos pedidos.

“A nivel ético, intentamos poner nuestro granito de arena para desmercantilizar este tema; perder la posesión de cosas como las semillas que no deben tener un dueño físico es grave para la consecución de nuestra soberanía alimentaria”.

Trabajan con muchas variedades de tomate, pimiento, berenjena, calabazas o judías, “ hay muchísimas variedades, aunque nosotros las hemos reducido a aquellas que productores y consumidores han valorado mejor”.

El “tirón” ecológico

Su público suelen ser pequeños o medianos agricultores; uno de los objetivos del vivero es que el productor y consumidor ecológico local tengan capacidad de distinguirse con variedades singulares que no se encuentran en el mercado convencional.

Un 60 por ciento de sus clientes son agricultores de cercanía, que producen para comercializar sus productos en el mercado local, y el resto, amateur, que cultivan su propio huerto. “Ha habido un tirón muy fuerte en los últimos años en la puesta en marcha de huertos urbanos, o de terraza, por ejemplo”.

Pero, “de vez en cuando”, llegan hasta ellos grandes productores, “les da el subidón porque ahora se reclama mucho el producto gourmet, está de moda”, dice Rafael.

“No es fácil para ellos porque las variedades tradicionales son muy peculiares, y no son como los híbridos, a los que les echas tres productos y salen perfectos; hay que tener en cuenta muchas cuestiones, ver cómo se adaptan al terreno, cómo responden, y los grandes agricultores no tienen tiempo; y no pueden introducirlas en sus sistemas productivos”.

“¿Que cómo se aprende a cultivar esas variedades?” Pues “como antaño”, cuenta Rafael, cultivando y probando. No hay otra.

Ellos tienen su propio campo de experimentación de 6.000 metros cuadrados, donde prueban todas las variedades que venden para poder asesorar luego a los agricultores que trabajan con ellos. Es su almajara, que significa tierra abonada con estiércol para que germinen pronto las semillas.

Como dice Rafael, aquí siempre hay mucho trabajo porque “todo lo hacemos nosotros de manera tradicional y lleva mucha mano de obra, no tenemos maquinaria”.

Las semillas tradicionales y libres, además, “son más caras” porque las empresas que las producen cuentan con poca mecanización y hacen un trabajo muy artesanal de selección.

El 80 por ciento de variedades que llegan a La Almajara del Sur se compran y “las locales de Murcia las tenemos que hacer nosotros porque si no, no las hace nadie; no las encuentras en ningún sitio”.

Habla mientras señala las estanterías de uno de sus almacenes, donde se acumulan decenas y decenas de botes de semillas que les han dado o intercambiado agricultores o la Red de Semillas “y todavía no hemos probado; cada año experimentamos con algunas y reproducimos las que ya tenemos”.

Tienen su campo de experimentación, donde prueban todas las variedades que venden E.C.

Las que ya saben que funcionan las guardan en una nevera “normal”. “Antes secamos artesanalmente las semillas y les bajamos la humedad a un 5 por ciento para meterlas en tarros herméticos, así reducimos la degeneración de la semilla”.

Los planteles también los siembran a mano, cuenta mientras nos enseña uno que tiene encima de la mesa de coliflor morada y otro de pak choi, “una col china que tiene mucho hierro y nos reclaman mucho últimamente”.

Como fertilizante, utilizan turba ecológica, que no está fertilizada con productos químicos, con hummus de lombriz y fibra de coco. “Este es el reto más grande para el viverismo ecológico porque pensamos que el utilizar turba no es un recurso tan sostenible, aunque se regenera naturalmente se utiliza mucho más rápido de lo que se regeneran las turberas”.

Uno de sus trabajadores sembrando a mano los planteles E.C.

Su radio de acción va desde Almería a Alicante, pasando por Murcia, “y a veces llega gente también de Albacete o Jaén”. En Alicante es donde más éxito tienen. “Hay mucha población extranjera y quizás existe una mayor sensibilidad hacia estos temas”. En Murcia hay muchas hectáreas de agricultura ecológica, confirma, “de arbolado y hortaliza, pero la mayoría es para exportar”.

Rafael insiste. “Nos dirigimos más a los pequeños agricultores que quieren consumir variedades de la zona, o saber que la planta la hace una empresa de la zona y formar parte de alguna manera de esa cadena de valor”.

Lo compara con la gastronomía. “Nuestros productos están hechos poco a poco, a fuego lento; es como hacer un puchero en una olla rápida, la comida puede que sea igual de nutritiva pero pierde sabor”. Por eso, dice, muchos de los clientes que vienen por aquí son gente mayor, “los que al final más valoran lo auténtico del sabor”.

 

El Cabrero, Porque callar es morir

“Si otros cantaores ven el mundo perfecto, que sigan cantándole a la Feria de Sevilla”

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El cantaor sevillano El Cabrero repasa, a sus 72 años, una vida llena de luchas y vetos políticos por utilizar sus fandangos, seguiriyas y tonás como arma para criticar los abusos del poder, sin dejar nunca el oficio de pastor al que se ha dedicado desde los seis años.

Texto: Israel Viana
Fotografía: Juan Pablo Pereda

“El miedo me hizo rebelde, en vez de hacerme borrego”, canta José Domínguez (Aznalcóllar, Sevilla, 1944) en una de sus letras más famosas. De pequeño le decían sus padres que las paredes oían. Por eso nunca le hablaron en casa de sus dos tíos fusilados por ser republicanos. Ni de un tercero que tuvo que huir a Francia tras la guerra. Tampoco de cuando su madre —la misma que le llevaba de niño a escuchar a Pastora Pavón, Fosforito, Pepe Pinto o Juanito Valderrama— fue obligada a ingerir aceite de ricino, rapada y paseada por el pueblo como a una bestia. Durante su infancia todo era miedo a su alrededor. “Pero a mí, en vez de amedrentarme, me hizo más rebelde. Con nueve años, la Guardia Civil ya dijo que yo era un insurrecto, porque no les obedecía”, contaba hace años El Cabrero.

“No levantaba ni dos palmos del suelo y ya me rebelaba contra lo que veía injusto”, asegura ahora, en esta entrevista a El Salto. Por eso quiso José que su arte se convirtiera en un arma de doble filo con el que criticar los abusos del poder y reivindicar el papel de los oprimidos. Eso fue lo que le encasilló como “cantaor político” o “fenómeno social”, ganándose sobrenombres tan ridículos como el de “cantaor de la Transición” o el Johnny Cash del flamenco. Apelativos que él siempre rechazó, pero que ayudaron a agrandar su leyenda a lo largo de casi cincuenta años de carrera.

En los años 80, ya era la figura del cante jondo con más proyección internacional. En los 90 participó en los festivales de world music y jazz más importantes del mundo, compartiendo cartel con artistas como Chick Corea o Gilberto Gil. En 1993, Peter Gabriel lo incorporó a su gira por Estados Unidos.

Y todo ello sin abandonar la profesión a la que se ha dedicado en cuerpo y alma desde que, con seis años, tuvo que abandonar la escuela para ayudar a su padre con el rebaño. Aún hoy, a sus 72 años, saca todos los días a sus cabras, desde que sale el sol hasta que se pone, si no está de gira.

“Ha sido exagerado. En el concierto que había menos público acudieron más de 30.000 personas. Algo grandioso. El flamenco está a la altura de cualquier música y donde menos se aprecia es en España”, lamentaba en 1993 en ABC, a causa de sus actuaciones al otro lado del Atlántico. Ni su simpatía con el movimiento anarquista ni su afiliación a la CNT le hacían callarse ante el diario monárquico por excelencia, en una entrevista en la que también criticaba el boicot sufrido desde medios como TVE y Canal Sur: “No entiendo por qué lo hacen. Que se busquen como compañero a otro embustero. En una reunión de frescos, el que molesta es el borracho, pero en una reunión de borrachos, es el fresco el que molesta”.

Fue esta actitud rebelde y salvaje la que le hizo ganarse el favor del público, pero también el veto por parte de políticos y compañeros de profesión, que lo preferían lejos y con la boca cerrada. Pero callarse nunca fue con él. “Mis letras son el retrato del mundo que he trillado, a fuerza de echarle pasos”, explica ahora a El Salto.

Pasos que le han llevado al calabozo en no pocas ocasiones a causa de su reivindicación de las cañadas, veredas y abrevaderos públicos que estaban siendo usurpados por los terratenientes y otros agricultores. ¿Es que no iban a poder pastar sus cabras en libertad por donde lo habían hecho siempre?

Tampoco le callaron en 1982, cuando acabó con sus huesos en prisión acusado de blasfemia durante un concierto: “No tengo más cojones que dejarme llevar a la cárcel, pero me revienta que sea en nombre de su dios, en el que no creo. Estos inquisidores me han condenado por lo que canto y lo que soy, no por lo que dije en Alcolea del Río”, reprochaba tras ser detenido ante un redactor de Diario 16.

“Fue un momento muy duro, yo no me sentía culpable de nada”, recuerda 35 años después. Aquello le privó durante un tiempo de cantar y sacar a su ganado, lo único que ha querido hacer siempre. Nunca buscó otra cosa. Ni publicar discos, ni hacer giras lejos de casa, ni realizar entrevistas —conseguir ésta ha costado varios meses de llamadas y correos electrónicos—, ni tampoco recibir medallas, como le recordaba el pasado viernes al público, durante un concierto en Alcaucín (Málaga), tras el cual se detenía a charlar con los aficionados sobre Karl Marx o la corrupción del PP y PSOE.

Y si aceptó lanzarse a aquella vida ajetreada de focos y festivales fue, al principio, por necesidad. De hecho, la primera vez que a José Domínguez le ofrecieron grabar un disco, lo rechazó. ¿Para qué, si no quería abandonar por ná el oficio de cabrero? Pepe Carrasco tuvo que esperar hasta 1975 para proponérselo de nuevo y conseguir que firmara. El acuerdo al que llegó con este asesor de Belter —además de letrista de Camarón y de casi todas las figuras de la época— consistió en realizar aquel álbum a cambio de que la discográfica le pagara los gastos de la clínica a su compañera, Elena, en el parto del primero de sus tres hijos.

Fue también la necesidad lo que le llevó, antes de ese debut, a marchase a Sevilla para cantarle sus penas a los señoritos a cambio de unas monedas, cuando vio que era imposible mantener su casa sólo con los animales: “Ellos se divertían y eso era denigrante, pero en casa no había nada”, cuenta El Cabrero en su blog donde recuerda la noche que, en la venta de El Morapio, uno de aquellos clientes con dinero le metió “veinte duros en el bolsillo de la camisa” tras tenerle toda la noche seguiriya para arriba, fandango para abajo. “Le dije que el precio a mí trabajo lo ponía yo: que aquello valía, para mí y para guitarrista, 1.500 pesetas. Cuando Antonio Sanlúcar vio que el tío se ponía farruco y que yo me iba para él, me dijo que se le había nublado la vista. Luego, cuando el otro me dio las 1.500 pesetas y las repartí con él, se le salían los ojos de las órbitas. Desde ese día, cuando entraba en la venta, los artistas me decían con admiración: ‘Ahí viene el que se lo lleva to‘”.

¿Recuerda cómo se sintió usted ante aquel trato con Belter, en 1975, para grabar su primer disco?

Yo no sabía cómo funcionaban las discográficas, así que no tenía opinión. No tenía interés en grabar, sólo quería vivir dignamente con lo que dejaban las cabras, pero, qué va, era imposible. No teníamos ni para pagar un médico. Yo no podía consentir que Elena diera a luz en esas condiciones y no lo dudé. ¿Que cómo me sentí con aquel trato? Como el que ha hecho lo correcto. Elena estuvo bien atendida y sobraron algo más de mil pesetas, que nos hacían mucha falta, pero para que el trato se cumpliera, se las dejamos de propina al personal.

No tenía interés en grabar, sólo quería vivir dignamente con lo que dejaban las cabras, pero, qué va, era imposible

En fandangos como “De la vía y la muerte”, de 1983, retrata a un hombre con principios, libre, que lucha por unos ideales cueste lo que cueste. ¿Encuentra usted hombres así en la sociedad actual?

Claro que sí, hay gente con principios, que lucha por sus ideales y por su parcela de libertad. No suelen mandar… Será que no lo ambicionan o que no lo consiguen, pero son un ejemplo para los que están a su alrededor. Pero abundan más los que se han dejado contaminar, no sólo jóvenes, tíos de mi edad, abuelos que parece que no han vivido. Personas despegadas del mundo y pegadas a una pantallita, que parece que sirve para enterarse de todo menos de lo que pasa a dos metros de donde están.

¿No hablan sus letras, entonces, de un mundo que ya no existe?

¡El mundo habrá cambiao pa peor! Yo no recuerdo cantarle a algo que no existe, no lo he hecho nunca. Ni tampoco a algo en lo que no creo. Y claro que aquellas letras de los 80 están de actualidad hoy en día. ¡Si parecen recién hechas! “Hasta llegar al poder, van prometiendo la luna”, “piden tierra y se la niegan, tierra para trabajar” o “ahora le voy a cantar a la que nunca existió: la paloma de la paz”.

¿No ha sentido la necesidad de adaptarlas para hablar de la crisis actual?

No. Lo que hago es echarle mano a las que van surgiendo con el paso del tiempo, según lo que siento y veo a mi alrededor. Y aunque son nuevas, también podría haberlas cantado antes, y siempre. Parece que estamos dándole vueltas a la noria, como el mulo, con los ojos tapados. Por ejemplo: “Que devuelvan el dinero, que se llevó el capital, que están ricos los banqueros y también la patronal, esa que explota al obrero”. Yo lo veo así.

El Cabrero, en directo. Foto: Daniel Fernández.

¿Por qué entre su público hay muchos jóvenes rockeros, heavies, punkies y hippies, haciendo usted un flamenco tan puro y clásico?

No lo sé. Más de uno me dijo que mi voz y mi actitud eran muy rockeras, pero yo soy flamenco. Esa gente, los del rock, son más apasionados por la música de lo que yo pensaba. Seguro que por mi imagen no es, que no sé qué tiene de especial. En Andalucía, en el campo, siempre se ha llevado el pañuelo al cuello pa los suores y sombrero o mascota, que por aquí hace sol casi todo el año.

¿Pero su público fue siempre así?

Mi público siempre fue flamenco, como el de los demás cantaores de mi tiempo, aunque también viniera mucha gente joven, y niños con sus padres o abuelos, que hoy vienen con sus propios hijos. Fue después de mi colaboración con Reincidentes y tras esa versión que Marea hizo de “Como el viento de poniente”, cuando empecé a escuchar silbidos muy fuertes al terminar los cantes. ¡Al principio pensé que protestaban! Pero también escuchaba los “oles” y los gritos de “puto amo”. Lo mejor es que los rockeros que me siguen saben escuchar un cante por soleá o una seguiriya con respeto. Les gusta el cante jondo, sin aditivos.

En la letra, precisamente, de “Como el viento de poniente”, canta usted: “Siempre fui esa oveja negra que supo esquivar las piedras que le tiraban a dar. Y entre más pasan los años, más me aparto del rebaño, porque no sé a dónde va”. ¿Tantas piedras le han tirado a lo largo de su carrera?

Muchas, pero la mayoría las he podido esquivar. Alguna me ha dao de refilón, pero no me ha tumbado. Ahí sigo, de encina en encina y cada día más apartado del rebaño.

¿Se ha sentido vetado alguna vez?

¡El más vetado en siete Estados! Pero ése es el precio a pagar por salirse del redil y lo da uno por hecho. Mi carrera se ha construido gracias al público y por él sigo aquí. ¿Qué sentido tiene vetarme en la Bienal, en esos grandes eventos organizados con el dinero público de la Junta de Andalucía o en muchos ayuntamientos donde me reclama la afición desde hace años? Hasta la Junta ha llegado a publicar una guía del flamenco donde están todos los artistas menos yo. ¡Eso es ridículo!

¿Recuerda cómo se sintió durante aquella condena a prisión por blasfemar, en 1982, cuando se le escapó un “me cago en dios” producto de la impotencia?

Cabreado e impotente. Fue en Alcolea del Río y me encerraron porque era yo, no por lo que dije. Allí no hubo ningún escándalo público. A los pocos meses me volvieron a contratar y, cuando me fui a disculpar, los aplausos no me dejaron terminar. Hubo mucha movilización social y, en vez de dos meses, sólo estuve tres semanas en la cárcel. Seguro que hoy me hubiera tragado los dos meses, porque hemos retrocedido en solidaridad y también en libertades y derechos.

En los años 80 también fue juzgado en varias ocasiones por invadir sembrados, veredas y cañadas. Estaba usted convencido de que no se respetaban esas zonas necesarias para pastorear. ¿Toda aquella lucha le produjo más frustraciones que alegrías?

Comencé a reivindicar las vías pecuarias en 1974. Ni los abogados sabían qué eran las vereas, pero yo sí. Y ganamos todos los juicios, que fueron muchos. Durante años estuve solo, con la ayuda de Elena. Y la cosa llegó hasta las Cortes y al Parlamento de Andalucía. Y luego llegaron los ecologistas… ¡Yo sé bien las veces que acabé en el cuartel de la Guardia Civil y ante el juez! Hoy algunas de esas veredas las han recuperado. Otras están amojonadas, pero siguen usurpadas y borrachas de química, mientras que otras, igual que en 1974, siguen sin amojonar y usurpadas.

El único movimiento que veo hoy al respecto son las borregas que, una vez al año, recorren el Paseo de la Castellana, que es una vía pecuaria. Pero eso es una tortura para los animales, por ese asfalto. Que se lo pregunten a ellas si no. Yo no consentiría que hicieran eso con mis cabras. Las luchas hay que librarlas en el tajo, en las veredas, en los abrevaderos y en los descansaderos.

Algunos dicen que soy un cantaor político, pero los políticos son los que comen del pesebre y se hacen fotos con los que mandan, y no yo, que lo que hago es cantar lo que siento y guardar cabras

¿Le ha perjudicado estar siempre alejado del poder político?

La cuestión es que he estado siempre alejado y, además, he sido crítico con todos los que han tenido el poder. Cuando acabo de cantar siempre vuelvo con las cabras y no me relaciono. Algunos dicen que soy un cantaor político, pero los políticos son los que comen del pesebre y se hacen fotos con los que mandan, y no yo, que lo que hago es cantar lo que siento y guardar cabras. ¿Que si creo que me ha perjudicado? No es que lo crea, lo sé. Pero eso lo sabía desde el primer día y no me arrepiento.

¿Por qué cree que se enganchó de pequeño a los palos más tristes del flamenco (soleás, seguiriyas, tonás), aquellos que hurgan en las penas, el desamor o la muerte, y no a los más alegres?

Cada uno echa por la boca lo que lleva dentro, según su personalidad, y la mía no ha variado. No levantaba dos palmos del suelo y ya me rebelaba contra lo que veía injusto. Y aunque nunca he sido yo muy fiestero, también me gusta escuchar bulerías o cantes de Cádiz. Me gusta todo el flamenco, pero hay cantes que no van con mi forma de sentir ni con mi voz.

¿Nunca le han disgustado letras de otros cantaores a los que usted admira?

Bueno, en lo que cantan otros no me meto, ni me entretengo en lo que hacen, pero sí que hay letras flamencas que yo no cantaría, porque no las siento. Con eso me basta: ni me gusta que me digan lo que tengo que cantar, ni yo soy juez del repertorio de mis compañeros.

A veces da la sensación de que algunos cantaores están, en lo que respecta a las letras, desapegados de lo que ocurre en el mundo.

Pues no lo sé, porque lo que pasa en el mundo está a la vista. ¡Y lo que no se ve! Una vez un periodista me preguntó sobre qué pensaba de las críticas que otros cantaores hacían a mis letras. Le respondí que yo veía muchas injusticias y que si estos compañeros pensaban que el mundo era perfecto, que siguieran cantándole a los farolillos de la Feria de Sevilla. Libertad para que cada cual cante lo que quiera. Yo me preocupo de decirle al público “mis” verdades y, si alguna vez me equivoco, procuraré rectificar.

La Junta se hizo cargo de distribuir el pienso y fueron perdiéndose esos festivales de los pueblos y naciendo otros en el extranjero con el dinero de los andaluces

¿Ha cambiado mucho el mundo del flamenco desde que usted empezó en el tardofranquismo hasta ahora?

Durante el franquismo poco conocí del flamenco. Lo de La Cuadra, que llevaba un mensaje de rebeldía, y cuando iba a cantar a las ventas, que era todo lo contrario. Fiestas de señoritos y mucha miseria. Fue en el 77 cuando empecé en los festivales. Había muchos y buenos en Andalucía. Y en los 80 fue enorme la cantidad que hubo, uno casi en cada pueblo. Era una maravilla.

Luego la Junta se hizo cargo de distribuir el pienso y fueron perdiéndose esos festivales de los pueblos y naciendo otros en el extranjero con el dinero de los andaluces. Otra diferencia es que, entonces, cantaban quienes decidían las peñas y los directores de los teatros. El sitio de figura había que ganárselo entre los demás, gracias al público y no a base de apoyos políticos o a golpe de televisión. Tú dirás si ha ido para mejor o para peor. Si se le pudiera preguntar al flamenco, creo que diría que para peor.

Porque la cantera siempre ha estado en los pueblos y ahí es a donde hay que llevar el flamenco. Cuando Andalucía esté abastecida de cante, baile y guitarra, que se lo lleven a donde quieran. Pero si lo llevan a Nueva York, si es posible que lo paguen los neoyorquinos, como aquí se paga a los músicos que vienen de allí.