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La gran distribución ha puesto sus miras en el sector ecológico. España es el primer productor de la Unión Europea en agricultura de este tipo y uno de los primeros puestos del mundo. Además, estos productos ocupan cada vez más espacio en los lineales de las grandes superficies. ¿Es “verde” todo lo que reluce?

La cadena Carrefour se apunta a la moda bio

Brenda Chávez

La compra de Whole Foods por Amazon, en junio, confirmaba la tendencia corporativa global de incorporar marcas ecológicas, inaugurada hace 20 años por Pepsi, Coca Cola, Kellogg’s, Nestlé, Mars, General Mills, Campbell y otras. La primera oleada fue de 1997 al 2002, coincidiendo con el proyecto de normas orgánicas del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) y su plena aplicación. La segunda se dio a partir del 2012. Según Phil Howard, profesor asociado del Departamento de Sostenibilidad de la Comunidad en Michigan, en 1995 había 81 compañías norteamericanas ecológicas independientes. Una década más tarde 66 eran de grandes compañías alimentarias fabricantes de procesados, comida rápida, preparada, etc. Hoy en EE UU diez multinacionales de alimentación controlan 92 empresas bio.

“Es el resultado del incremento del interés de la población por una alimentación sana y sostenible –aprecia Charo Morán, coordinadora estatal de consumo de Ecologistas en Acción–. La gran distribución se posiciona buscando nuevos nichos, e invierte en estrategias publicitarias y de marketing destinadas a una población más concienciada”.

En España, en 2002, nació la que es la mayor cadena española de eco-supermercados: Veritas, cofundada por Silvio Elías, de la familia Elías, expropietarios de Caprabo. En 2005 la marca eco El Granero Integral fue adquirida por la gestora de fondos de capital riesgo Nazca Capital. Más tarde, en 2011 Nutrition & Santé, del grupo farmacéutico japonés Otsuka, compró Natursoy, empresa familiar española creada en 1988. Por último, en 2016, Sorribas, de la compañía Biográ, con una dilatada trayectoria ecológica, pasó a Idilia Foods (Nocilla, Cola-Cao, Paladín y Okey), parte escindida de Nutrexpa, gestionada por los Ferrero Jordi, cuya fortuna personal ronda los 350 millones de euros.

La oportunidad “verde”

Ese mismo año aparecía en nuestro país Las 2 vacas, yogures ecológicos propiedad de Danone y fruto de la adquisición de Stonyfield. Y en 2017, Vegetalia, pionera ecológica con 1.500 productos, fue comprada por Ebro Foods (La Cigala, Brillante, SOS, La Fallera, Minute, Puleva, Ram, Azucarera y Sucran), líder en arroz y segundo fabricante de pasta, que se había hecho con la compañía orgánica francesa Celnat.

Cómo no, las grandes empresas españolas también fueron lanzando productos eco: Puleva, San Miguel, Torres, García Carrión, Codorníu, Borges, La Española, etc. La oportunidad la pintan “verde” según el último estudio del Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente, Caracterización del sector de producción ecológica española en términos de valor y mercado, referido al año 2015: en España este mercado mueve 1.500 millones de euros, su consumo aumentó un 24,5% en solo un año, y el gasto en ecológicos creció en casi un 57%, mientras el realizado en alimentos y bebidas convencionales retrocedía un 2 % entre 2011 y 2015.

La marca Carrefour Bio, aparecida en 2002, fue la primera de su tipo en una cadena de distribución. Con ella ha abierto 15 comercios en Francia, donde tendrán 40 a finales de 2018. Ahora se expande por la península inaugurando el primero en Malasaña (Madrid): “Ver que la gran distribución abre un súper ecológico en tu vecindario no es agradable porque sabes que cerrarán tiendas ecológicas y herbolarios, como empieza a suceder”, atestiguan Tomás Fuentes y José Antonio Villareal, socios laborales de la cooperativa 2decológico, una pequeña tienda eco y grupo de consumo de ese barrio.

Otros grandes supermercados también poseen marcas blancas eco o aumentan la venta de estos ítems: Alcampo, Aldi, Lidl (en 2016 duplicó su surtido 100% ecológico pasando de 30 referencias a 60, en 2017 se incrementará un 50% más, hasta alcanzar las 90) y Eroski (vende 1.000 alimentos ecológicos), entre otros. Además, van aterrizando grandes supermercados bio, como el francés Bio c’Bon, con cuatro tiendas en Madrid y varias en Francia e Italia. “Estas cadenas suponen una fuerte competencia –opina Isabel Alonso, de El Huerto de Lucas, mercado ecológico madrileño–, pero al mismo tiempo, sin saberlo, hacen una labor publicitaria, y hay gente que se fija más en nosotros”.

¿Toma de conciencia o ‘greenwashing’?

Xabier Mendia Intxusta, director de Gumendi, productora ecológica y comercializadora de tiendas especializadas, valora que todo este fenómeno refleja lo que pasa en el resto de Europa: “En Italia, Francia o Alemania esta alimentación tiene mucha más relevancia, en unos años nuestro consumo se acercará. Por eso intentan entrar y tomar posiciones”.

“Está relacionado con la percepción de que los alimentos que consumimos se asocian a enfermedades por no ser saludables: verduras cultivadas con agrotóxicos, harinas refinadas, ultraprocesados que no aportan apenas nutrientes, etcétera”, indica Nazaret Castro, miembro de Carro de Combate y autora de La dictadura de los supermercados. “Es positivo que más población capte la necesidad de un cambio. El riesgo es que algo cambie para que todo siga igual, es decir, contentarse con sustituir ciertos productos por su variedad ecológica, en vez de reemplazar los procesados insalubres por frescos”.

Desde algunos pequeños negocios el desembarco se vive con preocupación, como cuentan desde 2decológico: “Saben medir bien sus pasos, tienen muchos recursos, poder de negociación y van a ir con todo los próximos años: conseguirán más cuota de mercado, un liderazgo sin competidores (y menos de pequeños comercios de barrio) y consumidores cautivos interesados sólo en el menor precio y en su salud individual”.

Y añaden: “Además poseen recursos financieros y de marketing para hacer creer sus ‘buenas intenciones’, y pueden ir a pérdidas los años que necesitan para ‘limpiar’ el terreno y hacerse casi con el control de la venta minorista. Aparentarán democratizar el consumo ecológico, pero profundizarán en las crecientes desigualdades sociales en algo vital como la comida”.

En cambio Ángeles Parra, directora de la feria eco BioCultura cree que es bueno que la gran distribución se suba al tren: “Es una forma de llegar a más gente y abaratar los precios. Aunque es deseable que no apliquen a este sector las técnicas que implementan en el convencional, principalmente, estrangular a los productores”.

Biocultura, con polémica

Precisamente, este año a BioCultura le acompaña la polémica, es el primero que participan empresas como Carrefour, Lidl o El Corte Inglés, lo que ha generado malestar entre algunos exhibidores: “No se le pueden poner puertas al campo, tampoco nuestro papel es decir qué está bien o mal –explica Parra–. Les ponemos límites para que no acaparen la atención y para que sus ofertas no perjudiquen a los más pequeños. Lo han entendido bien, se trata de enseñarles cómo funcionamos. También necesitan aprender. Estamos dispuestos a echarles una mano siempre que comprendan que en el sector bio no todo vale. Democratización del alimento ecológico sí, pero siempre en pos del bien común. Las posturas estáticas no son buenas, tampoco es fácil tomar ciertas decisiones… Intentaremos jugar en nuestro terreno”.

También Xabier Mendia intuye que facilitará el acceso: “Debería tener consecuencias medioambientales y sanitarias directas”, dice. “Seguramente también bajarán los precios y permitirá llegar a más consumidores. Pero hay que ser cauto, estos artículos pueden perder su esencia al asumir praxis de la industria y distribución normal, centrándose en criterios económicos, y relegando los sociales, de calidad, cercanía y sostenibilidad”.

Por su parte Charo Morán cree que los productos ecológicos de la gran distribución son un ‘lavado de cara verde’ y que con ellos se intenta contrarrestar la insostenibilidad de un modelo despilfarrador que desecha comida en buen estado, que genera alimentos kilométricos o potencia el uso del coche hacia las grandes superficies, fomentando un consumo acrítico, compulsivo, con explotación, etc. “El producto certificado ecológico garantiza que no tiene pesticidas, ni herbicidas, pero no apuesta por un modelo agroecológico integral de cercanía, producción local, de temporada, que recupere variedades autóctonas, con condiciones económicas justas, etcétera”, añade.

“La dinámica de las grandes cadenas hace difícil que les interesen estos impactos –elucubra Nazaret Castro–, entre otras cosas porque su modelo diluye la responsabilidad: la confianza que se depositaba en el pequeño comerciante se desplaza a la marca, los sellos y las certificaciones. El problema es si se fiscaliza a las empresas para que cumplan criterios de sostenibilidad socioambiental. También nos aleja de un principio básico para la economía social y solidaria: acercar la producción y el consumo”.

Además, Castro apunta otro peligro: “Consolidar un mercado ecológico, para bolsillos que puedan pagarlo. Y otro convencional, plagado de productos insanos. La solución debe pasar por obligar a comercializar alimentos sanos que respeten los ecosistemas y a los productores. Pero parece que vamos en otra dirección. No hay sostenibilidad sin justicia social, ni tampoco un plátano es ‘eco’ si recorre 7.000 kilómetros hasta el súper. En un mundo tan complejo no hay soluciones simples”.

Sobrevivir y fortalecerse

“Desde los movimientos agroecológicos hemos ganado la batalla cultural, pero nos cuesta dar respuesta económica. No estamos logrando satisfacer la demanda en el marco de nuestras redes”, opina José Luis Fernández Casadevante, de la cooperativa Garúa. “El riesgo es que los valores de proximidad, artesanía y ecológicos pierdan consistencia transformadora en cuanto a justicia social y sostenibilidad en toda la cadena, quedando reducidos a sustituir unos productos por otros, eso sí, más sanos para la gente y el planeta”.

“En la economía social y solidaria necesitamos escalar los proyectos que funcionan en lo micro”, prosigue. En su opinión, este tipo de proyectos generalmente fallan como alternativas de consumo para las mayorías sociales por exigencias de tiempo y accesibilidad. “Hay un riesgo de autocomplacencia en lo pequeño, y el reto de democratizar el acceso a la alimentación agroecológica nos interpela a ir hacia modelos de mayor envergadura y complejidad: cooperativizar y asociar productores (Edemur en Murcia), activar operadores logísticos alternativos (la central de compras eco de Barcelona), impulsar supermercados cooperativos (Food. Coop en Brooklyn agrupa a 16.000 personas, y en Iruña Landare más de 3.600), o gestoras de comedores escolares (Cuinatur en Valencia), así como presionar a las instituciones para impulsar políticas que faciliten estos procesos”.

También Charo Morán percibe como necesarias las estrategias para incrementar la escala para que personas no militantes se sumen al consumo responsable transformador: “Mercados y supermercados agroecológicos, tener presencia en los mercados de abasto, en tiendas de barrio, en la restauración escolar y en los centros de trabajo, revitalizar espacios periurbanos y birregionales para la producción agraria sostenible”.

“El comercio de barrio tradicional está herido de muerte”, lamentan desde 2decológico, una cooperativa que propone crear redes de apoyo entre comerciantes, exigir a la administración medidas de choque y concienciación, así como acometer actuaciones decididas desde las redes de agroecología o de la economía social y solidaria. “Es clave que los pequeños comercios nos diferenciemos apostando por la soberanía alimentaria, productos locales de temporada, a precio justo, de productores concienciados que trabajan en red”, señalan.

Los próximos años serán cruciales, el desembarco no ha hecho más que empezar.