El consumo desde lo colectivo

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Lectura en clave de sostenibilidad

Marian Simón Rojo

Formar parte de iniciativas agroecológicas como grupos de consumo autogestionados y huertos comunitarios induce cambios en los modos de vida, los patrones de consumo y la dieta. Quienes entran a participar, lo hacen siendo conscientes, al menos parcialmente, de los problemas sociales y ambientales asociados a los sistemas de alimentación global. Implicarse en proyectos de alterconsumismo y huertos comunitarios refuerza esa conciencia, la amplía a otros campos y les permite sentirse partícipes de la construcción de alternativas desde lo colectivo.  Mas-del-Rotgle-CS-Agusti-Hernandez

Mas del Rotgle, Castelló. Foto: Agustí Hernàndez la-llecua-cs

La Llécua, Castelló. Foto: Agustí Hernàndez

La alimentación se está convirtiendo en un potente vector de transformación social. O eso parece desprenderse del contenido de un creciente número de publicaciones y declaraciones que ensalzan el potencial de las redes alimentarias alternativas y de la agricultura urbana para conseguir ciudades y territorios más resilientes y que anuncian a su vez la configuración de una nueva geografía urbana y rural en torno a sistemas agroalimentarios emergentes. Como dice Mamen Cuéllar, «Se trata de una suerte de nuevo activismo desde la cotidianidad que participa en la construcción de una hegemonía alternativa».

Se suele escuchar que involucrarse en estas iniciativas induce cambios en la dieta y hace que adoptemos estilos de vida y hábitos de consumo menos insostenibles. Es una afirmación basada sobre todo en percepciones personales, sin que por el momento haya suficientes datos y estudios que la corroboren. Hacer visible esa correlación, sustentándola con datos, reforzaría los argumentos de los movimientos sociales, que reclaman apoyo para este tipo de iniciativas y que intentan introducir la agroecología y la soberanía alimentaria en la agenda política.

BUSCANDO RESPUESTAS

Formar parte de un proyecto agroecológico o de un grupo de consumo, ¿influye en el estilo de vida?

Con esa inquietud en la cabeza, desde Surcos Urbanos realizamos un estudio en 2015 para descubrir si formar parte de un proyecto agroecológico o de un grupo de consumo influye en el estilo de vida. Se confeccionó un cuestionario con preguntas sobre dieta y hábitos de consumo (ingesta de carne, productos de temporada y compra en tiendas de barrio), participación en actividades (creación o refuerzo de lazos comunitarios) y voluntad de reducir la desigualdad (atención prestada a las condiciones laborales de quienes cultivan y producen).

El cuestionario fue enviado por correo electrónico a redes y grupos organizados. Nos centramos en tres tipos de proyectos:

• Cooperativas integrales que abarcan producción, distribución y consumo, y son iniciativas de agricultura apoyada por la comunidad. La autogestión es un tema clave y normalmente adoptan estructuras horizontales y asamblearias. Tanto las decisiones como los problemas y los riesgos se comparten entre todas.

• Grupos de consumo, autogestionados según principios de solidaridad social y sostenibilidad ambiental, sin ánimo de lucro y no comerciales. Se organizan para comprar directamente. Aunque algunos de sus participantes lo sean por puro pragmatismo, para conseguir productos ecológicos a mejores precios, lo normal es que entre sus motivaciones figure el apoyo a productores y productoras.

• Huertos comunitarios gestionados colectivamente. En la mayoría de los casos se trata de iniciativas generadas por grupos de base en solares o espacios abandonados de la ciudad. La producción de alimentos es relativamente escasa y de autoconsumo, pero son espacios de aprendizaje y socialización.

Durante dos meses se mantuvo el cuestionario abierto y recibimos más de 250 respuestas de todo el Estado, un 54 % desde el área metropolitana de Madrid. La mitad de las respuestas (53 %) corresponde a personas implicadas en grupos de consumo, un 12 % en huertos comunitarios o cooperativas integrales y el 34 % participan en ambos tipos de proyectos. La mayoría (43 %) llevan entre 1 y 3 años en el proyecto y un 36 % entre 3 y 10 años, mientras que en torno al 10 % llevan menos de 1 año o más de 10 años.

REDUCIR LA HUELLA ECOLÓGICA DE LA ALIMENTACIÓN

Los resultados son contundentes: participar en una de estas iniciativas de alterconsumismo o de huertos induce cambios en los hábitos de compra de alimentos; el 84 % de los participantes han aumentado su consumo de productos de temporada y un 60 % compra más en tiendas de barrio. También se ve un efecto claro en la dieta: el 15 % ya eran vegetarianos, pero otro 60 % indica que participar en estas iniciativas les ha llevado a reducir su ingesta de carne (y con ello reducen la presión sobre los recursos naturales, suelo, agua, etc.). Especialmente quienes se abastecen a partir del sistema de cestas fijas (sin pedidos individualizados) acaban comiendo más verduras y más diversas, con «variedades hortícolas que desconocíamos o no comprábamos por desconocer su forma de preparación». También es una vía de educación para «salirnos del berenjena-tomate-pimiento-calabacín 365 días al año. Eso no es sostenible desde luego, aunque lleve la etiqueta “eco”, “integrado”, “biodinámico”, etc.».

El propio funcionamiento de los grupos permite reducir notablemente el empleo de envases y la generación de residuos. Y eso se traslada a otras compras «intentando evitar productos con envasado excesivo y plásticos».

Hay otros aspectos, como las pautas de movilidad, que son más complicados de cambiar: solo un 29 % ha reducido su uso del coche privado. Si se suma esta cifra al 20 % que nunca lo usaba ya antes de unirse al proyecto, el cuadro resulta más optimista.

AMPLIAR LA TOMA DE CONCIENCIA

Varias respuestas, todas procedentes de personas de cooperativas integrales, expresamente se refieren a ellas como oportunidades para «construir conscientemente espacios de relación e intercambio al margen de las reglas del mercado». De una manera más general, sirven para ampliar la toma de conciencia sobre los problemas de desigualdad que acarrea el sistema alimentario globalizado: el 68 % dice que desde que forman parte de uno de estos colectivos de alimentación alternativa o de un huerto, tiene en cuenta las condiciones laborales de quienes producen los alimentos (otro 26 % ya lo tenía en cuenta antes).

De las respuestas se desprende que participar en estas iniciativas ha cambiado la actitud hacia la comida y quienes la cultivan: «Valoro mucho más lo que como, aprovecho mejor la comida, sé lo que cuesta que la tierra te dé alimento», «Utilizo mejor la comida, ahora no hay desperdicio en casa» y aprecian «compartir y colaborar con los productores de la zona, poniéndolos en valor».

APRENDIZAJE Y REFUERZO EN COLECTIVO

Se puede hacer un recorrido de los cambios que se generan, desde la escala de barrio hasta el ámbito más interior de la satisfacción personal. De acuerdo con el estudio, este tipo de iniciativas refuerza «la sensación de pertenencia» y las redes comunitarias de barrio… o del territorio: «Nos ha hecho implicarnos y empatizar con muchísimos proyectos que están generándose en la isla». Es probable que quienes responden a la encuesta sean precisamente las personas más comprometidas y activas; tal vez eso ayude a explicar que prácticamente todas las respuestas hablan en positivo con relación a la vida de barrio: el 59 % participa más en actividades locales y otro 39 % ya era muy activo antes de incorporarse al proyecto.

Formar parte de un grupo es un método de aprendizaje y reflexión en comunidad. Si algo destaca sobre todo lo demás, es el componente colectivo de las iniciativas, algo que aprecian especialmente y que les permite sentirse «parte de una construcción y transformación social». El espacio colectivo «refuerza el compromiso político y ecologista que ya tenía» y compartir experiencias facilita que esa conciencia alterconsumista se haya «extendido a otros campos de nuestra vida como cuestiones relacionadas con la ropa o los juguetes».

Y no menos importante, son múltiples las respuestas que destacan el efecto sobre el bienestar interior: «Nos ha aportado también más felicidad, más risas, más enriquecimiento personal, ir más tranquilos» y dicen vivir más felices por sentirse «partícipes de un cambio», por «el compartir personal y un acompañamiento humano y cercano». Como sintetiza uno de los participantes: «Quizá no sea revolucionario, o no vaya a cambiar el mundo, pero entre tanto participar en colectivo de un grupo de consumo responsable nos une, nos forma, teje red social y nos da momentos de felicidad».

¿IR MÁS ALLÁ DE «LOS DE SIEMPRE»?

Asomarse a una asamblea de cooperativa o a un día de reparto deja ver, dentro de la diversidad, que sus participantes comparten rasgos reconocibles (lenguaje, actitud e incluso estética), pero ¿qué dicen los datos?, ¿se puede identificar un «actor sociopolítico» detrás de estos proyectos? Desde un punto de vista meramente cuantitativo, y de acuerdo con las respuestas, son proyectos apoyados por las clases medias con alto nivel educativo (más del 80 % tienen estudios universitarios). Aunque las condiciones laborales son cada vez más precarias, todavía un porcentaje nada desdeñable (45 %) tiene trabajo estable.

Son mayoría las respuestas de mujeres (65 %). Teniendo en cuenta que (sorprendentemente) apenas hay hogares unipersonales, parece que ellas son más proclives a sumarse a estas iniciativas o tal vez persista un sesgo por género y todavía son mujeres quienes llevan la carga de los cuidados en el hogar, incluso en entornos «alternativos».

Más allá de estos datos, parece que con carácter general, a estas iniciativas «se apuntan personas ya sensibilizadas con los temas de consumo y ecología». Aunque luego los intereses puedan ampliarse, la concienciación previa es esencial: «Mi consumo no es más responsable por hacerme de un grupo de consumo, he buscado y encontrado un grupo de consumo por querer mantener un consumo responsable».

Sus participantes añaden a la concienciación una notable dosis de compromiso, ya que formar parte de estos proyectos, que tienen un componente importante de autogestión, exige una dedicación considerable de energía y tiempo, pues parte del trabajo es asumido entre todas (sobre todo tareas de distribución y organización). Como se ha visto, sin duda es enriquecedor compartir tareas y tiempo «con otros vecinos y amigos permitiendo una mayor socialización e integración en el barrio». Pero el balance entre esfuerzo, trabajo, dedicación, precio y cantidad de comida obtenida no siempre está claro y hace que algunos proyectos sean en la práctica ejercicios de activismo político solo asumibles por personas muy motivadas. Incluso con un nivel alto de concienciación, a veces se hace inviable la participación «me acabó resultando insostenible en lo personal y en lo familiar, por falta de tiempo para asistir como los demás y aprovechar plenamente los productos, etc.»

Es decir, por sus características (nivel de compromiso, dedicación, horarios limitados de reparto, etc.) son opciones para una minoría, difícilmente extrapolables a toda la población. Eso hace que, aunque casi todos los proyectos y redes alimentarias alternativas hayan emergido desde los movimientos sociales, se escuchen cada vez más voces que plantean la necesidad de que los gobiernos locales reaccionen y las promuevan, para lograr un mayor impacto. Una demanda que no se libra de las críticas, pues también se acusa a las redes alimentarias alternativas de ser objeto de interés de las clases medias y medias-altas. Más allá de esa crítica, queda en el aire la duda de cómo sería posible promoverlas y favorecer una transición agroecológica de los sistemas alimentarios sin perder el carácter holístico en que la alimentación es parte de un proceso de transformación integral, algo que sí consiguen estas alternativas alterconsumistas, cuando son experiencias desde lo colectivo que van más allá de «comer ecológico».

Marian Simón Rojo

Surcos Urbanos

https://surcosurbanos.wordpress.com

NOTA: La autora agradece su apoyo a quienes generosamente respondieron a la encuesta, y muy especialmente a quienes se hicieron eco y difundieron el llamamiento en sus colectivos y territorios. Solo podemos ponerle nombre a una pequeña parte: Fiorella, en Granada; Glenda, en Sevilla, Pablo Llobera, de la Red de huertos de Madrid; Franco, de TERRAE; Jon, del SaS; José Daniel, de la RAC, y un buen puñado de compas del BAH!

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El debate de los fondos estructurales de la Unión Europea y su contribución al despoblamiento rural

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ENTENDER LA POLÍTICA DE DESARROLLO RURAL EUROPEA Y SUS FONDOS

El ingreso de España en la Unión Europea (UE) en 1986, coincide con la etapa de mayor interés por avanzar en la construcción comunitaria y con un momento en que los instrumentos financieros adquieren un volumen muy significativo, siendo nuestro Estado uno de los principales perceptores de fondos.

Entre las diferentes fórmulas de financiación destacan los Fondos Estructurales y de Inversión, que funcionan de modo conjunto para apoyar la cohesión económica, social y territorial de toda la Unión Europea, y que en la actualidad se dividen en cinco: el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER), centrado en temas de infraestructuras; el Fondo Social Europeo (FSE), en temas de formación y ocupación; el Fondo de Cohesión (FC), para las regiones menos desarrolladas; el Fondo Europeo Marítimo y de la Pesca (FEMP); y, por último, el que nos ocupa, el Fondo Europeo Agrícola de Desarrollo Rural (FEADER).

Así pues, el FEADER es el instrumento de financiación, en régimen de gestión compartida entre los Estados miembros y UE, para hacer posible la política de desarrollo rural de la UE. Las directrices de esta política están descritas para los próximos años en el Reglamento (UE) n.º 1305/2013. En él se fijan los objetivos a los que debe contribuir la política de desarrollo rural y las correspondientes prioridades europeas en esta materia.

Para el periodo 2014-2020, España recibirá a cargo del FEADER y por aplicación de este reglamento, 8291 millones de euros que, junto con la cofinanciación del Estado y las comunidades, supondrán un fondo total de 13.100 millones de euros para el desarrollo rural.

Dentro del reglamento se señalan 25 medidas a desarrollar, una de ellas es el conocido programa LEADER al que corresponde una partida relativamente baja, 820 millones euros. LEADER está en marcha desde 1991 con la idea de aprovechar la energía y las capacidades de las personas y colectivos que pudieran contribuir al desarrollo rural formando asociaciones entre los sectores público, privado y civil en el ámbito subregional. La ejecución de los programas a cargo del LEADER se genera desde estos espacios y colectivos conocidos como grupos de acción local (GAL). LaRioja

Ruedas Enciso, La Rioja. Foto: Agustí Hernàndez Claramunt-Lleida

Claramunt, Lleida. Foto: Agustí Hernàndez

EL ENGRANAJE DE LAS POLÍTICAS DE DESARROLLO RURAL EN EL CONJUNTO DE LAS POLÍTICAS AGRARIAS

Como hemos visto, no podemos discutir que en la UE existen políticas y diversos instrumentos para abordar el desarrollo rural. Pero hay que hacer algunas consideraciones al respecto.

La primera emana simplemente al detectar la cantidad de instrumentos que de una manera u otra afectan al medio rural, y parece sensato que, como el propio el Tribunal de Cuentas Europeo ha recomendado, estén todos ellos integrados.

En segundo lugar, si analizamos cada uno de ellos detectaríamos también que, como en muchas ocasiones, nuestra clase política ni siquiera es capaz de aprovechar con imaginación las oportunidades que les ofrece la política europea. De hecho, estudiando el Reglamento 1305/2013 de Desarrollo Rural que gestiona el FEADER, observamos una serie de artículos y objetivos que son muy apropiados para favorecer un medio rural sostenible y con futuro. Por ejemplo, en el artículo 4 del reglamento donde se establecen los objetivos de la política de desarrollo rural, encontramos que entre ellos está garantizar la gestión sostenible de los recursos naturales y la acción por el clima y lograr un desarrollo territorial equilibrado de las economías y comunidades rurales incluyendo la creación y conservación del empleo. También en el artículo 5, donde se establecen las prioridades de la política de desarrollo rural, se pide que los Estados miembros y las regiones construyan sus propuestas a partir de la selección de una o varias de las seis prioridades. Entre ellas, concretamente la sexta se refiere a «fomentar la inclusión social, la reducción de la pobreza y el desarrollo económico de las zonas rurales».

En el caso del Estado español, el desarrollo de los fondos FEADER se ha concretado en el Programa de Desarrollo Rural nacional y en 17 programas autonómicos. Estos programas, sin salirse del marco político, podrían enfocarse claramente a apoyar la incorporación de jóvenes a la agricultura, las pequeñas explotaciones agropecuarias, las zonas de montaña, las cadenas cortas de distribución, el empoderamiento de las mujeres en zonas rurales y otras propuestas para revertir el proceso de despoblamiento. Salvo excepciones, estas líneas no están presentes en los proyectos que se llevan a cabo y lo vemos sobre todo en los programas LEADER, muy conocidos en el medio rural al gestionarse desde los propios territorios. Son una buena muestra de grandes éxitos y grandes fracasos.

Revista SABC

 

«EN LA UNIÓN EUROPEA NUNCA HA HABIDO VOLUNTAD REAL DE INVERTIR EN DESARROLLO RURAL»

Ángel de Prado

Pasan ya de 30 mis años dedicados a la lucha en favor de los pueblos. Años de trabajo desde la Asociación Salmantina de Agricultura de Montaña, que han coincidido en buena parte con los de aplicación de la iniciativa LEADER. Años de ilusiones y ganas de mejorar la vida de la gente de los pueblos y de evitar el despoblamiento. Y, finalmente, años de constatar que estos recursos no estaban pensados más que para el desarrollo de la banca y las grandes empresas del norte de Europa.

En mi experiencia, debo decir que el dinero que estos fondos aportan no se gestiona con criterios de participación democrática de la población, adaptando a cada país y a cada comarca las inversiones razonables para una transición hacia la sostenibilidad. Lo gestionan las administraciones de cada país que previamente han de presentar el programa de actuación para un período de seis años que si se sale del modelo previsto, no recibirá la correspondiente financiación de Bruselas. El uso que nuestras autoridades políticas y administrativas han hecho de los fondos estructurales ha concentrado las inversiones donde más habitantes había, en busca del voto que las mantuviese en el poder.

En su modelo de desarrollo, el que han financiado, no cabe ya la vida rural ni las prácticas ancestrales de gestión del territorio. El poder político ha tenido muy claro que solo las ciudades son una manera cómoda de vivir y que todas las personas aspiran a vivir en ellas. Por eso pienso que en la Unión Europea nunca ha habido voluntad real de cambiar la tendencia de la pérdida de población y del envejecimiento de tantas comarcas rurales. Tampoco en el Estado español ni en las comunidades autónomas. La iniciativa LEADER, que se ha prolongado con sucesivas ediciones, no ha sido más que una broma curiosa. Lo que nació como laboratorio de innovación para que asociaciones civiles generaran nuevas ideas y las administraciones las convirtiesen en políticas activas que animasen las economías rurales, ha terminado siendo la disculpa general para decir que se trabaja el desarrollo rural. Pero es mentira. Las cifras son irrisorias y, además, las decisiones están controladas por la administración local con la activa y omnipresente participación de las alcaldías, que procuran, y consiguen en casi todos los casos, que el reparto de los fondos sea para los proyectos que convienen políticamente. La gente, con el incentivo de la subvención, invierte en proyectos del modelo único. Así solo se apoya el modelo económico capitalista para el mundo rural.

Quienes resistimos en el medio rural venimos haciendo una llamada de urgencia a la sociedad. No reclamamos recursos para consumir más e igualarnos a quienes habitan las capitales. Reclamamos una mirada hacia la naturaleza y hacia los valores vitales como el agua limpia y las inmensas aportaciones de los bosques. Hacia la arquitectura popular y las formas de vida en pequeñas colectividades. Hacia las semillas y la biodiversidad de plantas y alimentos. Ante la insostenibilidad de las ciudades, es vital volver nuestra mirada a los pueblos ya casi vacíos, a esas personas mayores que guardan el conocimiento y la gestión del territorio. Es ya un grito de auxilio para que esta sociedad mire por un momento hacia nuestros pueblos no como una reliquia de un pasado de pobreza y sufrimiento, sino como una alternativa estratégica de supervivencia y futuro.

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Retos de las tiendas de alimentación ecológica

BioCultura Sevilla
Jornada profesional: retos de las tiendas de alimentación ecológica.

http://www.bioecoactual.com/es/bio-noticias/6810-jornada-profesional-retos-de-las-tiendas-de-alimentacion-ecologica?utm_campaign=noticias-230217&utm_medium=email&utm_source=acumbamailretos tiendas bio-jornadas_profesionales¿Cuáles son los aspectos clave de la gestión de una Tienda Bio? ¿Qué conviene saber antes de abrir una Tienda Bio? Estas y otras muchas cuestiones se tratarán en la Jornada que tendrá lugar el sábado 11 de marzo de 10 a 15 h en BioCultura Sevilla.

En un momento como el actual en el que el consumo ecológico crece y crece sin parar, es importante que los empresarios que gestionan tiendas o supermercados ecológicos, o bien los emprendedores que se lancen a un nuevo negocio ‘bio’ tengan muy presente cuestiones básicas. Es importante conocer los datos de mercado, cómo ha evolucionado el sector Bio, qué hay que considerar antes de abrir una tienda Bio, cómo planificarlo. Y una vez ya en materia: cómo gestionarla, cómo analizar las ventas, el surtido, la gestión del lineal, cómo realizar una promoción, etc. Etc…Todos estos aspectos serán tratados por Pol Picazos y Ramón Roset, expertos en el mercado especializado bio (programa Biocop FormaInforma).

Barómetro de consumo bio en españa

Según el último estudio realizado (Prodescon, por encargo de la Subdirección General de Calidad Diferenciada y Agricultura Ecológica del Ministerio), año 2015, el consumo de alimentos ecológicos en España ha registrado un buen cambio ascendente. Algo más de 18,3 millones de hogares españoles compraron ese año algún producto ecológico.

En el año 2015, el consumo de productos ecológicos en España se acercó a los 1.500 millones de euros, lo cual indica un crecimiento del 24,5% respecto a 2014 (y en este año el crecimiento respecto a 2013 ya había sido del 18,2%). Estas cifras ponen de relieve un aspecto muy especial como es el hecho de que el gasto en productos ecológicos ha crecido en España mucho más intensamente que el gasto en alimentación y bebidas convencionales, crónicamente estancado en los últimos años.

El gasto per cápita realizado por los consumidores españoles en productos ecológicos, alcanza los 32,3 euros/hab/año, lo cual aproxima el mercado español al de los grandes países desarrollados, en lo que se refiere a consumo de productos ecológicos.

En el período 2011/2015, mientras el gasto per cápita de los consumidores en alimentos y bebidas convencionales se redujo ligeramente (-2,1%), el gasto per cápita en productos ecológicos creció de manera muy notable (+56,6%); es indudable que esta evolución de la demanda interior de alimentos ecológicos terminará por animar a toda la gran distribución y a muchas grandes industrias alimentarias a interesarse por tomar en consideración y atender, con cada vez mayor competitividad y promoción, este creciente segmento del mercado agroalimentario español.

Un 10% de los compradores de alimentos y bebidas españoles habría adquirido alguna vez al año alguna cantidad de algún producto ecológico concreto; en 2015 el MAPAMA contabilizaba 1,83 millones de hogares españoles que habría adquirido en el año algún producto ecológico; sin embargo, solo cabría contabilizar entre 600.000 y 1.000.000 los compradores “mínimamente habituales” de productos ecológicos; los cuales utilizarían para sus compras no más de 10.000 puntos de venta (incluyendo aquí todo tipo de canal de distribución/ consumo.

Factores que influyen en la elección de la compra eco

La elección de compra de productos ecológicos se basa en este tipo de motivaciones:

o Salud y seguridad alimentaria (percepción de más saludables y nutritivos).
o Rechazo al uso de pesticidas, fertilizantes de síntesis, hormonas, aditivos, etc.
o Producto de alta calidad, naturalidad, frescura, sabor.
o Percepción de una producción respetuosa con el medio ambiente y el bienestar animal.
o Percepción de mayor proximidad al campo, con origen conocido, auténtico, autóctono, tradicional.
o Percepción de una caracterización del producto coherente con una determinada cultura o filosofía de vida.
o Información sobre el producto.

Motivaciones de elección del punto de venta

Por su parte, en las decisiones relativas a la elección del establecimiento de venta de productos ecológicos, el comprador de estos productos da prioridad a:

o Proximidad/ cercanía.
o Variedad de la oferta ecológica del establecimiento.
o Calidad general de los productos del establecimiento.
o Especialización y diferenciación del establecimiento.
o Accesibilidad y facilidad de compra.
o Orientación al mercado local/ regional.
o Atención al cliente y profesionalidad del vendedor.
o Información ofrecida al comprador.
o Imagen del establecimiento.
o Venta online.

ANOTA:

Jornada Profesional en BioCultura Sevilla
Sábado 11 de marzo de 10:00 a 15:00 h.
Fibes Sevilla. Sala Bahía.

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VINARTE 2017 – BULLAS

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NUEVO TALLER DE COCINA

TALLER DE COCINA 4-MARZO-2017 ADELIA

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CICLO DE CINE MEDIOAMBIENTAL en Caravaca

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